(Traducido y adaptado de la versión original en portugués: post anterior)
La formación en ciencia lingüística que reciben los profesores de lengua materna a lo largo y ancho de todos los continentes del mundo es evidentemente imperfecta, magra y, sobre todo, poco o nada placentera.
La superficialidad de sus incursiones en la verdadera ciencia de la lengua durante sus estudios universitarios los aprisiona en aquella etapa en que aún no han accedido al proceso de liberación que propone la lingüística moderna. Solo entiende y vive este proceso el estudiante que pasa por el umbral del metalenguaje y el obstáculo de las abstracciones iniciales acerca de la lengua y el lenguaje, nuestro objeto de estudio.
La mayoría de los profesores de lengua del mundo actual han preferido dedicarse a los estudios literarios y sufrieron las materias de lingüística como un doloroso calvario que no podría generar nada menos que una visión frágil, acotada, simplificada, impositiva y, por sobre todo lo demás, desalentadora.
Sin este placer natural del descubrimiento, de la visión ampliada, menos extremista, menos absolutista de la estructura y los mecanismos fisiológicos y psicológicos del lenguaje humano, no hay motivación ni cariño en los actos de comunicación del conocimiento y, finalmente, la pedagogía termina sofocada por la falta de un maestro. Utilizo este término en su acepción más bien medieval y oriental. Un maestro sin pasión no desenvuelve una pedagogía en el sentido helénico del término. Desde Saussure, la lengua no es más que una construcción psíquica colectiva que actúa como base, de la cual nos servimos en un ritual constante que debería asemejarse a un banquete tántrico y bello, un usufructo de sus sabores. Sin embargo, vemos el desplacer provocado por el miedo, por la barrera inicial que representa la incomprensión que se transfiere del profesor al alumno y de este a todas las relaciones personales en las que está implicado el uso activo y consciente del lenguaje verbal.
Este desplacer, hermano del miedo, se traduce en el extremismo lingüístico; es decir, en una búsqueda desesperada por reglas absolutas y generalizadoras que me permitan sobrevivir en el naufragio personal que experimento en este océano desconocido y terrorífico. Una gran tormenta virtual y psicológica que se transmite del enseñante al enseñado: quizá un tipo de esquizofrenia del hablante nativo, cuyas visiones asumen la forma de monstruos sintácticos y de fantasmas que dictan reglas gramaticales absolutas.
En cuanto cruzamos el umbral del desconocimiento y vemos las raíces múltiples y bellas y las reglas generales -humanas y naturales- que rigen el lenguaje nuestro de todos los días, accedemos a este placer sensorial y, por tanto, tántrico de la comprensión y el uso consciente de cada pequeño pincel y de cada color de esta paleta que es nuestra lengua materna, sea la que fuere.
Y es con estos pinceles y colores que vamos creando nuestra propia habla, nuestro lenguaje: una obra prima única, individual, representativa y reveladora de nosotros mismos. Este placer sensual de un arquitecto y pintor también está hecho de ladrillos y estructuras, de técnica y uso efectivo, de variedad y observación. El propio Da Vinci dijo que el arte no existe sin la técnica. Así, pues, el uso avanzado de la lengua no se da sin la técnica. Esto no quiere decir que esta sea una celda o una prisión. La técnica es solamente el primer peldaño que nos lleva a la gran pista libre donde los límites siempre se pueden superar.
Gladstone Chaves de Melo, un conocido profesor con raíces en Minas Gerais y Rio de Janeiro, doctor en lengua portuguesa y autor de más de 30 obras, en su libro Iniciación a la filología portuguesa [1957:353], hace las siguientes ponderaciones en el capítulo intitulado “Cómo se debe estudiar la lengua“:
“Cualquier enseñanza de la lengua debe consistir en apurar el sentimiento del lenguaje. Mostrar lo que es cierto, llamar la atención para lo que está bien [...] Perfeccionar el gusto, despertar y fomentar el sentido de distinción, ejercitar la plasticidad de la inteligencia, para hacer comprender que para cada uso lingüístico hay un lenguaje especial, de tal forma que no es posible establecer esquemas rígidos, aplicables de forma grosera a todos los casos [...].
El tantrismo no es la orgía de la ignorancia y del instinto, es tántrica la bella sensualidad de lo que se hace con arte. Seamos conocedores y adoradores de nuestra lengua y vivamos sus extraordinarios placeres sensoriales, construyamos con belleza y libertad, degustemos las exquisiteces del sonido, la caricia que le regala el aire a la boca y a los labios; aprendamos las fórmulas lógicas para luego desestructurarlas con conciencia, para moldearlas con precisión; para que en cada palabra sintamos con placer el hecho de que somos todos potenciales artistas plásticos del verbo.
Más allá de lo que haya surgido de mi experiencia como lingüista, docente, traductor y consultor internacional en aprendizaje de idiomas, estas reflexiones de carácter científico-filosófico están vivamente inspiradas en mi experiencia personal como practicante del Método DeRose y en mi respectiva experiencia de su propuesta cultural. Este método propone el rescate de tradiciones milenarias de carácter naturalista (en oposición a un visión espiritualista) y sensorial, subraya su importancia y aplicabilidad en el mundo actual, invita a la libertad de acción, pensamiento y sentimiento y, finalmente, penetra y florece en todos los ámbitos de la vida humana de sus miles de practicantes en todo el mundo. Dirijo, por tanto, mis sinceros agradecimientos al Dr. DeRose, el sistematizador del Método que lleva muy merecidamente su nombre desde hace ya 50 años.