Traducción mía del artículo publicado por la psicoanalista Maria Rita Kehl el 02 de octubre de 2010, víspera de la primera vuelta de las elecciones en Brasil, que motivó su despido, al día siguiente, del diario O Estado de São Paulo.
“Dos pesos…
Este diario ha tenido una actitud que considero digna: ha dejado explícito a sus lectores que apoya al candidato Serra en las presentes elecciones. De este modo, se hace más honesta la discusión que se desarrolla en sus páginas. El debate electoral que nos conducirá a las urnas mañana se ha vuelto agresivo. Algunos electores se declaran exhaustos y desilusionados con el vale-todo que ha marcado la disputa por la Presidencia de la República. Las campañas, convertidas en un espectáculo televisivo, ya no convencen a nadie. Pese a esto, algo importante está en juego este año. Aparentemente tenemos una lucha de clases en Brasil: esta que muchos creen haber sido soterrada por los últimos ladrillos del Muro de Berlín. En la televisión se maquilla la pelea, pero en Internet el juego es duro.
Si el “populacho” de las llamadas clases D y E – ese que vive en los parajes perdidos del interior de Brasil – tuviese acceso a Internet, se indignaría y se rebelaría quizás en contra de las innumerables cadenas de mensajes que descalifican sus votos. El argumento ya le resulta familiar al lector: los votos de los pobres a favor de la continuidad de las políticas sociales implementadas durante los ocho años de gobierno Lula no valen tanto como los nuestros. No son una expresión consciente de voluntad política. Habrían sido comprados al precio de aquello que una parte de la oposición llama “bolsa-limosna”.
Una de estas cadenas llegó a mi bandeja de entrada luego de pasar por diversos destinatarios. Reproducía la denuncia hecha por “una prima” del autor, residente en Fortaleza. La denunciante, indignada con la indolencia de los trabajadores no calificados de su ciudad, se quejaba porque ya nadie quería ocupar el puesto de portero del edificio en que vive. Los candidatos naturales al empleo preferían vivir en la flojera, con la plata del proyecto Bolsa-Familia. ¡Y ahora esto! ¡A qué punto llegamos! Ya no se hacen pobretones como antes. ¿Adónde fueron a parar los verdaderos humildes que tanto le gustaban al patronato cordial?, capaces de trabajar mucho más que las ocho horas reglamentarias por una miseria.
Sí, porque es curioso que nadie haya cuestionado el valor del salario ofrecido por la administración del edificio en la capital del estado de Ceará. Cambiar el empleo por la Bolsa-familia solo les resultaría ventajoso a esos supuestos sujetos avispados, perezosos y aprovechados si el sueldo ofrecido fuese inconstitucional: inferior a la mitad del mínimo. R$ 200 ($ 460 pesos argentinos) es el valor máximo al que llega la suma de todos los beneficios del gobierno para el que tiene más de tres hijos, a condición de que los mantenga en la escuela.
Otra denuncia indignada que corre por Internet es que en una ciudad del interior de Piauí, donde viven los parientes de la empleada de algún paulistano, todos los habitantes viven del dinero de los programas del gobierno. Si esto es verdad, resulta asombroso imaginar de qué vivían antes de la implementación del proyecto. Se pasaba hambre, seguramente, como en la asustadora película Garapa, de José Padilha. Se pasaba hambre todos los días. Siguen siendo pobres las familias que se encuentran por debajo de la clase C y que hoy reciben la bolsa, sumada a la platita de alguna jubilación. La diferencia es que ahora comen. Algunos incluso logran producir y venderles a otros que también han empezado a comprar algo que comer. El economista Paul Singer informa que, en los pueblos, esa pequeña entrada financiera tiene un efecto sorprendente sobre la economía local. El Bolsa-Familia, créanlo o no, proporciona las condiciones de consumo capaces de generar empleos. El voto de la patota de la “limosnita” es político y revela una conciencia de clase recién adquirida.
Brasil ha cambiado mucho en este aspecto. Sin embargo, al contrario de lo que piensan los indignados de Internet, ha cambiado para mejor. Hasta hace poco tiempo algunos empleadores solían contratar por menos de un salario mínimo a personas sin alternativa de trabajo y sin conciencia de sus derechos, pero hoy ya no es tan fácil encontrar a alguien que acepte trabajar en estas condiciones. Les conviene más intentar la vida a partir de la Bolsa-Familia, que, pese a ser modesta, redujo de un 12% a un 4,8% la franja de población en estado de extrema pobreza. ¿Tendrá idea el lector paulistano de cuán pobre es necesario ser para salir de esta franja por una diferencia de R$200? Cuando el Estado empieza a asegurarle algunos derechos mínimos a la población, esta se politiza y pasa a exigir que estos derechos se cumplan. Un amigo ha decidido nombrar este efecto “acumulación primitiva de democracia”.
No obstante, pareciera que el voto de esta gente despierta aún el argumento de que los brasileños, como en la inolvidable observación de Pelé, no están preparados para votar. No todos, claramente. Luego de la segunda vuelta electoral del 2006, el sociólogo Hélio Jaguaribe afirmó que un 60% de los brasileños que habían votado por Lula habían tenido en cuenta exclusivamente sus propios intereses, mientras que el otro 40%, los supuestos electores instruidos, pensaba en los intereses del País. Lo único que Jaguaribe no explicó fue cómo es posible que Brasil, dirigido por la elite instruida que se preocupaba por los intereses de todos, haya llegado al tercer milenio contando con un 60% de su población tan inculta a punto de que su voto sea descalificado como poco republicano.
Ahora que los más pobres han logrado elevar sus cabezas más arriba de la línea de la mendicidad y de la dependencia de las relaciones de favor que siempre caracterizaron las políticas locales en el interior del País, dicen que votar por una causa propia no vale. Cuando, por primera vez, los sin-ciudadanía han conquistado algunos derechos mínimos que desean preservar por la vía democrática, una parte de los ciudadanos que se consideran como clase A viene a descalificar en público la seriedad de sus votos.”